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OCURRIÓ UN 6 DE ABRIL

OCURRIÓ UN 6 DE ABRIL
1661:Se instituye por Real Cédula la primera audiencia en Buenos Aires, con independencia completa del Virreinato del Perú.
La creación de esta real audiencia fue ordenada por el rey Felipe IV de España el 6 de abril de 1661 
Información general
Tipo: Tribunal de apelaciones
Fundación: 6 de abril de 1661/ 25 de julio de 1782
Disolución: 31 de diciembre de 1671/ 23 de enero de 1812
Jurisdicción:
Gobernaciones del Río de la Plata, Paraguay y Tucumán (1° instalación)
Intendencias de Buenos Aires, Córdoba del Tucumán, Salta del Tucumán y del Paraguay (2° instalación)
País: Imperio español: gobernación de Buenos Aires en el Virreinato del Perú (1° instalación) Virreinato del Río de la Plata (2° instalación)
Sede: Buenos Aires
Organización:
Dependiente de: Consejo de Indias
Empleados: Presidente, tres oidores alcaldes del crimen, un fiscal, un alguacil mayor, y un teniente de gran canciller (1° instalación) virrey presidente, un regente, cuatro oidores, un fiscal (desde 1787 2 fiscales)
Histórico:
Real Audiencia de CharcasActual Cámara de Apelaciones
1811:Se inician los trabajos para abrir los cimientos de la Pirámide de Mayo, erigida en la Plaza de la Victoria, actual Plaza de Mayo, para conmemorar la Revolución de Mayo. El monumento sufrió varias transformaciones hasta la actualidad.
La Pirámide de Mayo es el primer monumento patrio que tuvo la Ciudad de Buenos Aires (Argentina). Actualmente se encuentra en el centro de la Plaza de Mayo. Su historia comienza en marzo de 1811 cuando la Junta Grande decidió mandar a construir un monumento del lado oeste de la plaza, para celebrar el primer aniversario de la Revolución de Mayo.
En 1856, bajo la dirección del artista Prilidiano Pueyrredón, se la transformó construyendo una nueva pirámide sobre los cimientos de la anterior, que es la que se observa actualmente.
En 1912, después de haber sufrido algunas modificaciones, se la trasladó al sitio actual, 63 m más al este de donde se encontraba originalmente, pues se pensaba erigir un enorme monumento que la contuviera en su interior.
La escultura de la Libertad, obra del escultor francés Joseph Dubourdieu, corona al monumento que, desde el suelo hasta la parte superior del gorro frigio de dicha escultura, ha servido de modelo para la alegoría de la Argentina, y mide 18,76 m.​
En marzo de 1811 la Junta Grande decidió que el 25 de mayo de ese año se celebre el primer aniversario de la Revolución de Mayo, y pidió al Cabildo que dispusiera la mejor forma de hacerlo. Este último decidió, el 5 de abril de 1811, aprobar el programa de festejos, en el que se incluía erigir una Columna del 25 de Mayo, con carácter transitorio. No ha quedado registro que permita saber por qué se eligió la forma de obelisco para el monumento. Lo cierto es que a pesar de que esa era su forma siempre se lo denominó con el nombre de pirámide.​
La Plaza de Mayo estaba en ese entonces dividida por la Recova, formando dos plazas: la que estaba frente a la actual Casa Rosada se llamaba Plazoleta del Fuerte y la que daba frente al Cabildo de Buenos Aires, Plaza de la Victoria, cuyo centro fue elegido para levantar la pirámide.
De su construcción se encargó el alarife (como se la decía al maestro mayor de obras) Francisco Cañete, por indicación del cual y de don Juan Gaspar Hernández, profesor de escultura de Valladolid, el monumento se hizo con materiales sólidos, entre ellos 500 ladrillos, en vez de utilizar madera como estaba proyectado hacerlo inicialmente.​
El 6 de abril de ese año se colocaron los cimientos, mientras bandas de música contribuían a la algarabía general.
El 25 de mayo de 1811 se inauguró la obra, a pesar de que se la terminó días después, ya que Cañete no logró cumplir con el tiempo estipulado. Se colocaron al pie de la pirámide las banderas de los Regimientos Patricios, Arribeños, Pardos y Morenos, Artillería, Húsares y Granaderos de la guarnición Buenos Aires. La pirámide y la Catedral fueron profusamente iluminadas. La Recova se iluminó con 1141 velas de sebo. Los festejos duraron cuatro días e incluyeron danzas, sorteos y manumisión de esclavos.​
1811:Estalla un movimiento revolucionario en el seno del gobierno patriota. Se pronuncian dos tendencias en la Junta gubernativa. Una responde a Cornelio Saavedra y la otra, a Mariano Moreno. Prevalecen los partidarios de Saavedra, quienes consiguen la destitución del general Manuel Belgrano como jefe del ejército del Paraguay, el reconocimiento del coronel Cornelio Saavedra como jefe de todas las fuerzas de la Capital y de las provincias y la expulsión de los cuatro vocales morenistas de la Junta: Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Miguel Azcuénaga y Juan Larrea.
La Sociedad Patriótica fue una asociación política formada en Buenos Aires, que se reunió en el Café de Marco a partir de marzo de 1811, creada por Manuel Moreno —hermano de Mariano Moreno—, que surgió como consecuencia de la separación de este como secretario de la Primera Junta, convertida en la Junta Grande, agrupando a los patriotas revolucionarios afines a su ideario cuyo fin primordial era declarar la independencia y establecer un triunvirato sobre el antiguo Virreinato del Río de la Plata.

La Junta Grande, organismo que sustituyó a la Primera Junta, surgió por la incorporación de los diputados del interior el 18 de enero de 1811. Fue combatida por los partidarios de los ideales que sustentara su secretario Mariano Moreno.
Moreno, vencido por el voto de boca la mayoría, presentó su renuncia, que fue rechazada por la Junta revolucionaria. De modo que solicitó y obtuvo una misión ante las cortes del Brasil y Gran Bretaña para gestionar el apoyo de Inglaterra, adonde fue enviado sin éxito ya que falleció en alta mar el 4 de marzo de 1811,
Es contradictorio lo que sostienen los morenistas del siglo XX y XXI en el sentido de que la Sociedad Patriótica continuó con el pensamiento de Moreno que defendía la Revolución de Mayo y sus principios democráticos. Mariano Moreno representaba los intereses de la liga de comerciantes londinenses que presidía el inglés Alex Mackinnon. En efecto, Moreno era el abogado de esa liga y en su condición de tal, había pedido al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, en 1809 «el libre comercio entre los Hacendados y la Nación Inglesa», conocida como La Representación de los Hacendados.
Entre los miembros de la Sociedad Patriótica figuraron: Manuel Moreno, Julián Álvarez, Agustín José Donado, Francisco Planes, Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Juan Larrea, Ignacio Núñez, Salvador Cornet, entre otros, sin embargo, tanto Nicolás Rodríguez Peña como Hipólito Vieytes y Agustín Donado, fueron compañeros de Manuel Belgrano. Si bien tanto Belgrano como Moreno participaron activamente en la Revolución de Mayo que el 25 de mayo de 1810 impuso el primer gobierno patrio de Hispanoamérica, Moreno jamás integró el grupo revolucionario, llegando a ser secretario de la Junta por necesitar los revolucionarios una vinculación con los ingleses, pero jamás aceptaron la propuesta de Moreno de entregarles la isla Martín García a cambio de armas y dinero.
Un importante sector de la Sociedad Patriótica, basaba su ideario en el accionar de la Revolución Francesa, y como aquella, decidió que la institución del triunvirato sería la más apropiada para el ejercicio del poder ejecutivo en el país. Este gobierno se alejaba así, del sistema juntista aplicado por las autoridades patrias que depusieron al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, y que era similar al que se aplicaba en España a consecuencia de la Guerra de Independencia de España, que había caído en poder de los ejércitos del francés Napoleón Bonaparte.
Los miembros de la Sociedad Patriótica criticaban el desconcierto que notaban en la Junta Grande. Sin embargo, fueron los protagonistas de la Revolución del 5 y 6 de abril de 1811, que dieron un golpe institucional que separó y confinó a varios revolucionario como Nicolás Rodríguez Peña y quitó a Belgrano su grado militar además de separarlo de la Junta, sometiéndolo a un proceso y juicio militar del que salió airoso, ya que su actuación fue altamente elogiada por la unanimidad de sus oficiales. Contradictoriamente, los elementos supuestamente democráticos, al igual que Moreno el año anterior, no dejaron participar del gobierno a los diputados del resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Existe una extraña afirmación de sectores masónicos que adjudican un liderazgo inexistente de Moreno, quien solo contaba con el apoyo de los comerciantes ingleses. Por su parte, el movimiento de abril de 1811, que apoyó en un primer momento a Cornelio Saavedra, lo terminó vaciando de poder, permitiendo el avance nuevamente de los ingleses, cuyos agentes lograron desalojarlo del gobierno, desterrándolo a San Juan. La Sociedad Patriótica fue disuelta.
En 1812, no obstante, luego del estratégico triunfo de Belgrano contra los realistas en la Batalla de Tucumán, se organizó nuevamente el movimiento revolucionario por parte de Rodríguez Peña, quien retornado a Buenos Aires, entabló además una importante relación con el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, José de San Martín, quien a instancias de aquel y con el apoyo del pueblo liderado por el mismo Rodríguez Peña, condujo a sus Granaderos a la Plaza de la Victoria, la actual Plaza de Mayo y produjo la revolución del 8 de octubre de 1812, golpe de estado contra el Primer Triunvirato cuyo secretario, Bernardino Rivadavia había negado sistemáticamente todo tipo de apoyo al Ejército Auxiliar del Perú. Así sobrevino el Segundo Triunvirato, integrado por Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso y Antonio Álvarez Jonte. Esta fue creada para hacer una revolución contra Elío (Javier Francisco de Elío), que en aquel entonces era el virrey del virreinato del Río de la Plata.
1852:Tras la batalla de Caseros, los gobernadores de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes firman el Protocolo de Palermo. Por este instrumento, se delegan en Justo José de Urquiza el manejo de los negocios generales de la República y la representación exterior.
El Protocolo de Palermo fue un acuerdo firmado el 6 de abril de 1852 por Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, y los representantes de las provincias de Santa Fe (Manuel Leiva), Corrientes (Benjamín Virasoro), y Buenos Aires (Vicente López y Planes, gobernador interino designado por Urquiza). En él, encomendaban al general Urquiza las relaciones exteriores, como representante de la República, hasta que se pronunciase el Congreso Nacional, e invitaban al resto de gobernadores provinciales a reunirse en San Nicolás de los Arroyos para discutir la Constitución.
El Acuerdo de San Nicolás se firmó el 31 de mayo de 1852, y sus resultados fueron:
proclamar el Pacto Federal de 1831 como Constitución.
llamar a un Congreso Constituyente al que concurrirían todas las provincias con la misma representación, independientemente de su densidad de población.
designar a Urquiza como director provisorio de la Confederación, encargado de las relaciones exteriores y con el mando supremo sobre el Ejército.
1862:Nace en Santa Fe el doctor Rodolfo Freyre. Se graduó en abogacía y gobernó su provincia natal entre 1902 y 1906.
Rodolfo Freyre (n. Santa Fe, 16 de abril de 1862 – 16 de enero de 1919) fue un abogado, periodista y político argentino, gobernador de Santa Fe entre 1902 y 1906.
Nació en el seno de una de las familias tradicionales dentro de la provincia de Santa Fe. Sus padres eran Benito Freyre Rodríguez del Fresno y Manuela Iturraspe.​
Cursó estudios universitarios en la Universidad de Buenos Aires donde, en 1887, obtuvo el título de abogado.
Luego de recibirse regresó a Santa Fe para dedicarse a su profesión y al periodismo. Fue el fundador y director de los periódicos El Liberal y El Derecho.​
Su primer puesto público de importancia lo alcanzó como Presidente del Crédito Público, donde llevó a cabo diversas reforma.​
En 1898 asumió la Jefatura de Policía de Santa Fe, entidad a la que la dotó de bases modernas, y a la que despojándola del rigor innecesario que hasta ese entonces imponía.
Más tarde actuó como Diputado Provincial y luego como Presidente del Senado Provincial, y varias veces ocupó el mando de la provincia por delegación.​
En 1902 fue elegido como gobernador de la provincia de Santa Fe. Durante su gestión se llevaron a cabo diversas obras.
Una de las obras llevadas a cabo fue la del Hospital de Caridad -hoy Hospital José María Cullen-. El 25 de mayo de 1902 colocó la piedra fundamental. En 1904 se crea la comisión de damas de beneficencia, siendo su esposa Sara García Vieyra la presidenta de la misma. El 9 de julio de 1909 se realizó la inauguración del hospital durante el gobierno de Pedro Echagüe.​
El 19 de octubre de 1902, por iniciativa de un grupo de personalidades entre las que se encontraba Freyre, se funda la Sociedad Rural de Santa Fe. El 8 de diciembre de 1914 fue nombrado presidente de la misma por dos períodos consecutivos hasta el 4 de diciembre de 1918, en que pasó a ser vocal. Esta institución mejoró la industria ganadera y extirpó el cuatrerismo de la provincia.
El 10 de octubre de 1904, se llevó a cabo uno de los hechos más importantes de su gestión cuando se colocó de la piedra fundamental del Puerto de Santa Fe –que hasta entonces utilizaba el puerto de Colastiné-, contando en el acto con la presencia del presidente Julio Argentino Roca.​
Durante su gestión ocurrió la inundación de 1905 en la cual, debido a una previsión inteligente no hubo que lamentar víctimas fatales. El mismo Freyre se encargaba personalmente de visitar a los pobladores perjudicados llevando ropa, víveres y dinero.​
Falleció el 16 de enero de 1919. Una de las avenidas más importantes que recorre de norte a sur la ciudad de Santa Fe lleva su nombre como homenaje.
1987:El papa Juan Pablo II llega al país en su segunda visita a la Argentina.
Fue el 6 de abril de 1987, exactamente a las 16 horas, en el aeropuerto Jorge Newbery. Ahí estaba, era él, el Papa polaco, Karol Wojtyla. Cumplido casi como un ritual, y como había hecho una y otra vez durante sus innumerables recorridas por todo el mundo, saludó con su amplia sonrisa -se lo veía feliz-, y descendiendo ágilmente del avión se inclinó de inmediato a besar con unción y cariño la “fecunda y noble tierra argentina”.
Miles de personas sintieron en ese preciso momento que se les hacía un nudo en la garganta, porque recordaron que en ese gesto de amor estaba presente un don precioso al que el Papa enseguida hubo de rendir tributo. En su discurso de saludo al presidente Alfonsín, Juan Pablo II se apresuró a delinear el motivo de su viaje, que era un “sentido peculiar de gratitud al Señor por el don de la paz”.
Es que los argentinos recordaban muy bien al escuchar estas palabras que en la Nochebuena de 1980 los ejércitos de dos países hermanos velaban las armas, aprestándose al inminente conflicto. El papa, que transitaba los comienzos de su largo pontificado de más de un cuarto de siglo, actuó prestamente. El cardenal Antonio Samoré, en una brillante mediación de pocos días, pudo conjurar con una inigualable pericia el fantasma de la guerra fratricida, que poco tiempo después culminaría con el tratado pacificador entre ambas naciones.
Era la segunda vez que el pontífice pisaba el suelo patrio. Había estado cinco años antes, en una visita relámpago durante los aciagos días de la guerra suratlántica y ahora, pasado el tiempo, volvía a visitarnos. Poco tiempo atrás de ésta protagonizó cumplidamente otra similar, programada anticipadamente a la declaración del conflicto, nada menos que a Gran Bretaña. Por eso sintió el deber de volar al lado de sus hijos en un momento de dolor y zozobra, también como peregrino de la paz. Ya era tarde, porque las cartas estaban echadas, pero precisamente por esto mismo le urgía su amor de padre espiritual de la grey sufriente.
Recuerdo muy bien cuando, durante su viaje en tren al santuario de Luján, y en medio de una abigarrada e interminable multitud, pude saltar los resguardos de la custodia y estar unos instantes ante él en una brevísima e inolvidable conversación personal para expresarle el cariño del pueblo argentino, que visiblemente desbordaba con generosidad a cada paso, a lo largo de las varias décadas de kilómetros del recorrido y culminaba en la propia basílica de la virgen gaucha.
Durante los escasos seis días en los que transcurrió su segundo viaje, el Papa mantuvo multitudinarios encuentros en diez ciudades. En una reunión el mismo día de su llegada en la Casa Rosada con dirigentes políticos, no dejó de subrayar el carácter moral de las intervenciones magisteriales junto a la legítima libertad de los fieles cristianos en las cuestiones temporales.
Sin mencionar directamente los proyectos divorcistas que ya estaban tramitando legislativamente, exhortó a la dirigencia a un diálogo en procura del bien común. También recordó la mutua autonomía y la cooperación entre el poder político y la comunidad espiritual. Sin embargo, en una extensa homilía pronunciada en Córdoba no dejó de señalar “signos de preocupante degradación, respecto de algunos valores fundamentales del matrimonio y la familia”, mientras expresaba la necesidad de oponerse resueltamente a cualquier intento de “menoscabar el genuino amor matrimonial y familiar”. Pero todo ello sin un ánimo negativo y en todo caso en el espíritu de “ahogar el mal en abundancia de bien”.
No podían faltar como rasgos característicos de su pontificado reuniones en el ámbito ecuménico e interreligioso y otra océanica convocatoria de trabajadores en el mercado central. Juan Pablo II había escrito seis años antes “Laborem exercens”, la primera encíclica íntegramente dedicada a exponer una verdadera teología del trabajo humano, cuyas líneas fundamentales el Papa desarrolló con impecable claridad ante la mirada afirmativa del secretario general de la Confederación General del Trabajo, el cervecero Saúl Ubaldini.
En esos mismos años se estaba desarrollando un proceso de resistencia contra el régimen imperialista y totalitario instalado en varios países de Europa central. En su propio país, Polonia, el sindicato Solidarnosc (Solidaridad) fue un protagonista decisivo de ese proceso bajo la guía de un amigo personal del papa, Lech Walesa, quien diez años después visitaría también la Argentina.
Al acto asistió el peronista Carlos Alderete, ministro de la cartera laboral del gobierno radical. Por cierto, a pocos le pareció en ese entonces desacertada y menos aún cuestionable, mas bien al contrario, la ostensible relación del papa Wojtyla con el mundo del trabajo, ni su estrecha amistad personal con el sindicalista opositor. En el mensaje del Santo Padre no faltaron referencias al concepto de solidaridad. “Hoy es el Papa quien viene a vosotros para honrar en vuestras personas a los servidores de la gran labor, a la que todos estamos llamados, a transformar el mundo según los designios divinos” exhortó Juan Pablo al despedirse.
Inmediatamente antes de abordar el avión que le llevaría de regreso a Roma, el pontífice mantuvo una última reunión con relevantes personalidades de la ciencia y la cultura en el Teatro Colón, un símbolo emblemático de la cultura argentina. Algunas de sus expresiones llamaron mi atención como un gesto de grandeza y honestidad intelectual, cuando se refirió positivamente a lo que llamó “una decisión clarividente, tomada por las autoridades desde épocas tempranas, la de empeñarse por hacer llegar la educación a todos los sectores de la población”. Se trataba de un inequívoco elogio a la ley de educación laica, gratuita y obligatoria sancionada por la generación del ochenta. Imaginé que más de uno habría pegado un respingo al escucharle.
También y sobre todo me vi gratamente sorprendido cuando exhortó a los asistentes a “resolver los problemas reales y los conflictos, de tal manera que los sectores rivales puedan reconocer su propia parte en un proyecto más íntegro y armónico, que abrace e incluya a todos en un esfuerzo común de civilización” y que “no se trata de llegar a entendimientos ocasionales, mas o menos superficiales, sino que es necesario ir a las raíces de los conflictos para descubrir y rescatar las diversas partes de verdad y recomponerlas en su unidad indivisible para que puedan expresar toda su profundidad”.
Leído más de tres décadas después, más actual no puede ser el llamado. En una trasposición histórica, y salvando las naturales diferencias de personalidad y estilo, me parecen escuchar resonancias actuales del Papa polaco nacido en la pequeña aldea de Wadowice, a unas leguas de Cracovia, en el mensaje esencial que hoy también, con idéntica intensidad, reverbera en mis oídos, de un Papa argentino nacido en el porteño barrio de Flores, a pocos kilómetros del obelisco.