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La muerte de Bernardino Rivadavia

En un primer piso de la calle Murgía 147, en Cádiz, frente a la plaza donde en 1812 los españoles habían vivado a su primera Constitución, un argentino de padre godo vivía solo y olvidado. De ese caserón de habitaciones interminables que había sido levantado en 1815, que poseía un bello patio andaluz, ya había echado a sus dos sobrinas, Clara y Gertrudis, cuando se dio cuenta que le estaban robando las cosas de valor que había podido rescatar de sus exilios. Es que ya nadie necesitaba de los servicios de Bernardino Rivadavia, 65 años, viudo, que había sido el primer presidente que tuvo Argentina.

Había nacido en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780, de padre español casado con una prima hermana. Fue Bernardino de la Trinidad González de Ribadavia. Recién entre 1813 y 1814 modificaría su apellido, reemplazando la b larga por la corta y llamándose Bernardino, a secas.

De carácter retraído y callado, sufrió por mucho tiempo el dolor por la muerte de su mamá María Josefa, a los seis años, y cómo la atención familiar se enfocó en Tomasa, su hermana mayor, ciega. Su papá Benito, un gallego nacido en el pueblo de Monforte, no tardó en volver a casarse; cuando su hijo ya era funcionario, debió morder su orgullo y optó por la ciudadanía argentina.

Bernardino entró casi dejando la adolescencia al Colegio de San Carlos, que abandonó en 1803 para dedicarse a la actividad comercial. En las invasiones inglesas se enroló en el Tercio de Voluntarios de Galicia, y dicen que peleó bien.

Luego de seis años de noviazgo, se casó con una de las hijas de Joaquín del Pino, quien había sido virrey entre 1801 y 1804. Juana Josefa Joaquina, que a esa altura se había quitado “del” que precedía al apellido, porque en tiempos de revolución era mal visto usar semejantes distinciones en los nombres que evocaban tiempos de privilegios y desigualdades. Era una muchacha de grandes ojos negros, nada hermosa ni agraciada; su esposo, de baja estatura, brazos cortos, de piel cetrina y que con el tiempo desarrollaría un abultado vientre, no le iba en zaga. Se casaron el 14 de agosto de 1809 en La Merced y la fiesta fue en la residencia de su suegra, Rafaela de Vera y Mujica, conocida en la ciudad como “la virreina vieja”, que vivía en la esquina de las actuales Perú y Belgrano.

Tendrían cuatro hijos: José Joaquín Benito EgidioConstancia, que fallecería a los cuatro años; Bernardino Donato y Martín. Vivirían en una amplia casona de Defensa 453, en el antiguo barrio de Santo Domingo que aún, parcialmente reformada, se mantiene en pie.

En el Primer Triunvirato

Don Bernardino se fue transformando en un hombre público. En el cabildo del 22 de mayo votó para que el poder recayese interinamente en el Cabildo. Y cuando asumió el poder el Primer Triunvirato, junto a Chiclana, Paso y Sarratea, él se desempeñó como secretario de guerra y de hacienda. Y comenzó su fama.

Combatió la inseguridad en la ciudad; tuvo la atinada idea de hacer un censo, prohibió la introducción de esclavos, inauguró la biblioteca pública, iniciativa de Moreno, y les solicitó a los cabildos del interior que enviasen muestras de la flora, fauna y mineral de cada lugar para armar un museo de historia natural. Abrió dos escuelas; “no hay libertad ni riqueza sin ilustración”, decía; organizó el ejército y realizó un ajuste en la administración pública: a los empleados se recortó a la mitad sus sueldos, él mismo encabezó la lista y lo mismo hizo con jefes militares que no estaban en servicio activo. Aplicó un impuesto extraordinario a comerciantes, excluyéndose a aquellos de bajos recursos e implementó una lotería nacional, abrió aduanas en Mendoza y Corrientes y liberó de impuestos la compra de insumos para la agricultura y la minería. Y fue implacable en la represión del motín de las Trenzas: firmó la treintena de fusilamientos que llevó a la muerte a una treintena de conspiradores liderados por Alzaga.

El gobierno que integró fue víctima del primer golpe militar en la historia argentina. El 8 de octubre de 1812, cuando José de San Martín sacó a la calle a sus Granaderos, la que hablaba era la Logia Lautaro y las ideas de independencia. Como consecuencia, el Primer Triunvirato terminó. Lo que comenzaría sería un profundo rencor del secretario, que se lo haría notar a San Martín en su campaña libertadora.